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Noticias sobre Rocío Jurado por Antonio Burgos

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Rocío Jurado

de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras 

Rocío cumple un año

(Por abc.es) Antonio Burgos 01/06/2007

Antionio BurgosROCÍO, que era una mujer de fe, y que se lo pregunten, si no, a la Virgen de Regla, a la que ahora le está cantando la Salve Marinera eternamente junto a su santuario, con el acompañamiento de la música de las olas y el crujido de la mar chipionera, sabía que la muerte no es el final. Es el principio. Y para quien lo dude, ahí queda el nombre puesto. He escrito su solo nombre, Rocío, y no ha sido necesario ni el apellido. Y como la muerte no es el final, sino el principio, hoy es el cumpleaños de Rocío.

El cumpleaños de Rocío Mohedano Jurado, incluso el cumpleaños de la artista Rocío Jurado, era el 18 de septiembre, y eso que las diosas no tienen edad y no hay taco de almanaque que lo pueda demostrar, anda que no, anda que no. Esa fecha se ha olvidado. La vida tiró a las aguas de la Cruz del Mar el anillo con esa fecha por dentro. Para que celebráramos este gozoso cumpleaños de hoy. Hoy es cumpleaños de Rocío a secas. Su primer cumpleaños. Hoy hace un año que, como la muerte no es el final, murió Rocío Mohedano Jurado y nació el mito Rocío. La vieja radio de cretona, la fábrica de sueños para la niña del zapatero que quería ser artista, le está dedicando en el programa del oyente un disco de clavel y de ola:

-Al mito Rocío, al cumplir su primer añito...
Y los que vendrán. Hace un año, cuando dejábamos a Rocío ya para siempre junto la luz de moscatel y rosas de su tierra, no podíamos ni imaginar que su figura se iba a agigantar de esta manera. Ahora es cuando se ha echado de verdad a volar la paloma brava de su voz, cuando se escucha más que nunca. Ahora supe toda la verdad, señora de la canción. Día que pasa es más grande. Nunca estuvo tan fresco el clavel, el rojo, rojo clavel. Nunca hubo bajamar para esa ola que llegó a la vida de la canción. Y decían que la copla estaba muerta... Rocío no solamente le dio vida, sino que hizo inmortales las que fueron un día sus coplas nuevas. Ni la copla está muerta ni Rocío nos ha dejado. Nos ha podido dejar Rocío Mohedano, pero Rocío, el mito Rocío, que apenas ha cumplido un año de vida imperecedera, sí que es cada día más grande, más largo, más hondo, más jondo, y de alto, ni te cuento, porque su voz resuena en el cóncavo escenario de las marismas azules que se pierden en el cielo.

Hay veces en que se muere un artista y como eran agentes de relaciones públicas de sí mismos, a los dos meses de haberse ido es como si nunca hubieran existido.

Nadie se acuerda de sus pinturas, de sus libros, de sus esculturas, de sus canciones, de sus películas. Es justo lo contrario que le ha ocurrido a Rocío. Su figura se ha agrandado en este año. Su voz suena como si estuviera viva. Porque lo está. Su voz es ya la banda sonora de la memoria de la canción en España durante el siglo XX. «Se canta lo que se pierde», escribió el hermano de Manuel Machado. En el caso de Rocío, lo perdido canta por sí mismo en la memoria del corazón. La que se fue nos sigue cantando porque no la hemos perdido. La hemos ganado para lo imperecedero. Ya no se trata del disco más vendido de la semana: es la canción más recordada de un tiempo. No me meto en la callejuela sin salida del canallerío al uso en estos días, pero sencillamente pregunto: de las otras que fueron y que estuvieron, ¿qué se hizo? ¿Qué radio de cretona sigue recordando sus canciones? En cambio nunca sonaron tan vivas como ahora las creaciones de Rocío, viva el pasodoble. Viva el pasodoble del arte, que es el que queda, agrandado por el tiempo en este cabo de año, y es el que además permite y propicia la interesada profanación de la tumba de la memoria de la artista, que muchos perpetran en esta hora. ¿Y la herencia? ¿Qué herencia? La herencia es la memoria de su voz. Todos somos los herederos de Rocío. Diga lo que diga la escritura de un notarío. Aunque la albaceas diga misa, España entera es la heredera universal de una sonrisa, de una alegría, de la memoria de una voz, del recuerdo ejemplar de la lucha de una mujer contra su muerte, del testimonio de dar la batalla hablando de su fe, de sus principios, de sus valores, de su Virgen de Regla que está en Chipiona y en la marisma, Blanca Paloma. Como la muerte no es el final, el mito Rocío no ha hecho más que empezar. Y como cumple su primer añito, y yo le dedico este disco del oyente como un rojo, rojo clavel en la radio de cretona.



Se presento en Sevilla el libro de Antonio Burgos sobre Rocio Jurado

(Por Sevilla Press) 10/05/2007

La amistad entre Rocío Jurado y el escritor Antonio Burgos estaba llena de claves y un lenguaje muy particular. Burgos ha querido desvelarlos para acercarnos a la figura de la mujer, la luchadora incansable que había detrás de la estrella.

Isabel Herce, Antonio Burgos, Ortega Cano y Gloria Mohedano Rocío y Antonio compartían un pasado común, ella una niña que creció en Chipiona, él un chiquillo que veraneaba en Rota, dos seguidores de la radio de Cretona y dos personas con una gran capacidad de observación y memoria prodigiosa. Se encontraron en un punto de sus vidas, ya de adultos ,y desde entonces creció la complicidad y la amistad

Rocío Jurado nunca dejó de ser Rocío Mohedano, “la chipionera”, y quizás ahí estaba el secreto de su éxito, siempre mirando el futuro sin olvidar su pasado. Ayer en el Hotel Alfonso XIII el libro “Rocío, ay mi rocío”, editado por La esfera de los libros, era presentado oficialmente a los medios y contó con dos presencias especiales, Gloria Mohedano, la hermana de la artista, y José Ortega Cano, el esposo. Fue un acto multitudinario pero muy íntimo al mismo tiempo, en primera fila el torero Curro Romero y su esposa Carmen Tello junto a Isabel Herce, la esposa de Burgos y con quién Rocío tenía una gran amistad. Antonio ha sido también biógrafo del Faraón de Camas, y de Juanito Valderrama y además es el autor del pasodoble dedicado a Ortega Cano, “Va por usted”, que la cantante incluía siempre en su repertorio.

Esta fue la primera vez que Gloria, que tras el fallecimiento de su hermana, hablaba en público y con los medios de comunicación. Ella, que siempre ha permanecido en un segundo plano, ha declinado multitud de peticiones de entrevistas, pero “no podía decirle que no a Antonio, primero por mi amistad y la admiración que siento por él, y segundo porque se lo debía a mi hermana”. Gloria estuvo tres días sin dormir desde que decidió hacer la presentación del libro, la ayudó a redactar sus palabras su hija pequeña, Rocío , que estudia periodismo. El libro cuenta las anécdotas y vivencias que Antonio tuvo con Rocío y reune también una recopilación de las letras de sus canciones. Gloria confesó ante el público que la deuda que el escritor contrajo con Rocío cuando esta le pedía que tenía que escribir su vida estaba saldada y “seguro que ella estará diciendo, míralo con lo recortaíto que es y lo que encierra”.

La relación entre la familia Mohedano-Ortega sigue siendo muy estrecha, José se deshizo en elogios hacia su cuñada “El juicio de Gloria era muy importante para mi mujer, la persona que más he querido en mi vida y sigo queriendo”. La hermana de la cantante también quiso agradecer a Jose y “a toda su familia el cariño que siempre nos han mostrado, tanto a mi hermana como a toda mi familia”.

Hubo risas y lágrimas evocando recuerdos, alusiones a la publicidad de “•Norit el borreguito”, que siempre le cantaba Rocío a su Antonio y Gloria definió la obra como “un libro para los juradistas y para los que no lo son porque se habla de la artista y del ser humano, pienso que mi hermana era una persona a la que merecía la pena conocer”.

El periodista y escritor Antonio Burgos dijo hoy que su libro “Rocío, ay, mi Rocío. Una historia sentimental” (La Esfera de los Libros), sobre Rocío Jurado, “no es una biografía al uso sino un retrato apasionado de Rocío, más que de Rocío Jurado, de Rocío Mohedano”.

Este libro, según su autor, trata más que de la artista, Rocío Jurado, del ser humano, Rocío Mohedano, “de aquella niña de Chipiona, que quería ser artista y se pegaba a la radio, porque era de la generación de la radio”.

En la presentación a la prensa del libro, acompañado por su viudo, el torero José Ortega Cano; la hermana de la artista Gloria Mohedano, por su editora, Ymelda Navajo, y por el torero Curro Romero, que asistió a la presentación sentado entre los periodistas, Burgos advirtió que “no es un libro del corazón, sino escrito con el corazón”.

También definió la obra “como un homenaje a la más grande, la más larga, la más honda y la más jonda” y que Rocío Jurado, si en lo personal era “generosa, espléndida, excesiva en todo y arrebatadora”, en lo artístico “era como una navaja suiza” y cantaba temas de Barbra Streisand, Frank Sinatra o La Niña de los Peines porque “lo dominaba todo”.

Burgos confesó que su obra “quizás no sea un libro, sino un clavel, un rojo, rojo clavel” y explicó con humor que, como este libro lo habían proyectado entre la artista y él, desde que Rocío Jurado murió “era como si me hubiera mandado al cobrador del frac para hacer este libro”, si bien, añadió, en última instancia fue Ortega Cano quien le pidió que lo escribiera él solo.

El viudo de la artista recordó que Rocío Jurado “llenaba ella sola los escenarios por más grandes que fueran, “tuteo al duende”, fue una mujer autodidacta y preocupada por cultivarse a sí misma y siempre trató de que “la intelectualidad estuviera cerca de copla”, a la vez que confió en que, de igual modo, sean los intelectuales quienes defiendan la fiesta de los toros.

Ortega Cano, que confesó que siente “su aura y su protección” de Rocío Jurado en esta nueva etapa como torero, recordó que su mujer siempre atendía a todos y que después de una gala o de cualquier actuación saludaba a todos los que querían saludarla y se veían obligados a cenar bien entrada la madrugada.

El torero, que aprovechó la presentación del libro para dar las gracias por la concesión del título de Hija Adoptiva de Sevilla a Rocío Jurado y porque el auditorio al aire libre de la ciudad de Sevilla lleve el nombre de la artista, recordó que su mujer tenía su propio “Club de los Antonios”, integrado por Burgos, Mingote, Gala, Murciano, Ordóñez y Muñoz Cariñanos (médico otorrinolaringólogo que la atendía y que fue asesinado por ETA).

Gloria Mohedano confesó haber llorado —hasta el punto de no haber podido concluir algún capítulo—, haber sonreído y haber reído con la lectura de este libro, que recoge vivencias comunes a su autor y a la artista.

También dijo que la memoria de Burgos “es fresca” y no puede proporcionar más detalles de cómo era su hermana y de muchas de esas vivencias, a la vez que aseguró que estas páginas encierran “mucha verdad, y momentos irrepetibles”.

La editora de La Esfera de los Libros, Ymelda Navajo, recordó que éste es el octavo libro que Antonio Burgos publica en este sello y que de los anteriores ha superado los 150.000 ejemplares vendidos.

Burgos ha aunado en este libro “sus grandes dotes de narrador, poeta y ensayista”, según Navajo, quien recordó también el deseo de Rocío Jurado de que Burgos escribiera su biografía, lo que no fue posible por la enfermedad y muerte de la artista.

SINOPSIS:

Pocos días antes de morir, Rocío Jurado le dijo a su amigo Antonio Burgos, cuando la visitaba por última vez en su casa de La Moraleja: «Ahora ya, en cuanto me ponga una mijita mejor, te vas a venir una semanita con Isabel, tu mujer, a Yerbabuena, y allí verás tú cómo te cuento todo lo que quiero decirte para ese libro que tenemos que hacer y que yo no quiero que escriba nadie que no seas tú. Verás tú qué libro más bonito nos va a salir…».

La muerte impidió aquel relato en primera persona, al modo como el escritor reconstruyó en otros libros la vida de Curro Romero o de Juanito Valderrama. Por eso esta «historia sentimental» es el pago de esa deuda de amistad y gratitud del autor con la cantante: el libro que Rocío Jurado quería que le escribiera Antonio Burgos. Sus páginas reconstruyen los recuerdos de cuanto a lo largo de los años, en la cercanía de la amistad, le fue contando la artista sobre su vida y cuanto junto a ella pudo observar sobre su modo de ver el mundo y de entender el arte. Más que una biografía al uso o un estudio sobre su inmenso y diverso repertorio artístico, este relato novelado es un tributo de homenaje, en el que la personalidad y la calidad humana de la artista, por encima del mito de la estrella, quedan cercana y entrañablemente reflejadas en sus anécdotas, en los rasgos de su personalidad arrolladora, en su entorno familiar, en sus recuerdos de niña de Chipiona o en su inconfundible gracia y su fuerza a la hora de contar historias y de evocar todo un tiempo de España.

El libro se complementa con una selección antológica de las canciones que marcaron la carrera artística de la Chipionera: casi cien letras escritas para ella por autores como Rafael de León, Manuel Alejandro, José Luis Perales o Juan Pardo, entre otros muchos, así como los clásicos del cante flamenco y de la copla que Rocío Jurado recreó con su personal estilo y con el poderío de su voz.

Con este libro, Antonio Burgos culmina su trilogía sobre personajes míticos de las artes populares andaluzas, en la que ya publicó la biografía de un torero, Curro Romero, la esencia, la de un cantaor, Juanito Valderrama: mi España querida, y ahora la de la gran intérprete de la canción, Rocío, ay, mi Rocío.

EL LIBRO

Rocío, ay, mi Rocío
Una historia sentimental
Antonio Burgos
________________________________________
«Eras, eres, seguirás siendo la paloma brava que abrazaba mundos enteros con los vientos de tus alas. Eras, eres, seguirás siempre siendo como una ola de gracia y de entrega a tu gente, que eran como todos tus públicos como de la familia. Eras, eres, seguirás siempre siendo un clavel tan encendido que hasta el fuego lo quemabas con tu condición generosa y desprendida».

Antonio Burgos culmina con su particular homenaje a Rocío Jurado la trilogía de personajes míticos de las artes populares andaluzas que comenzara con Curro Romero y Juanito Valderrama. Este tributo evoca los gratos momentos que la artista chipionera y el escritor mantuvieron durante tantos años. Largas conversaciones en cenas, comidas, encuentros, llamadas de teléfono… en las que se vislumbraba un libro en el que Rocío relatara en primera persona sus recuerdos, pero que se vio truncado con la trágica y mortal enfermedad que se llevó a una de esas estrellas que brillan con luz propia. Su fallecimiento consternó a todo un país y dejó una herida honda una gran parte del mundo.
«El viejo deseo de Rocío de que yo le escribiera este libro. Me habló de este libro durante años y años. Unas veces por esto y otras por aquello, nunca lo empezamos. Hasta después de dar a conocer en la rueda de prensa de la Valentía, con aquella entereza, que tenía un cáncer, horas antes de entrar por primera vez en el quirófano, de aquel momento de la verdad. Rocío Jurado tuvo la deferencia de llamarme por teléfono para felicitarme por mi regreso como articulista a ABC. Nunca la oí más llena de vida. Ni más ganas de que este libro se escribiera: -Que en cuanto salga de la clínica tenemos que hacer mi libro…»

Una obra que llegó después de su muerte, pero en la que el escritor muestra su cariño, afecto, gratitud y reconocimiento más sincero a la que siempre ha considerado por encima de todo una buena amiga. «Te digo simplemente, Rocío, ay, mi Rocío, que este libro es el pago de aquella deuda. No la de escribir un libro. La otra. La deuda de la amistad que me diste, de la vida que me contaste, de la alegría de tus recuerdos que me contagiaste, de la cercanía de tu gracia, donde me permitiste estar tantos días, tantas horas a lo largo de tantos años, con tanta gente común querida».

Que no daría yo…

«Me ha dicho la Luna, niña Rocío, que si amanece y ves que estás dormida, como lo estabas en Chipiona aquella noche que llegaste envuelta en tus dos banderas, la de España y la de Andalucía, que no era precisamente el día de la bulería, es ni tan siquiera embiste el toro de la pena, sino que la vida, rojo, rojo clavel, no hecho más que empezar. La larga vida de la inmutabilidad del arte. Si no cumplías años, porque como Pastora, como Lola, como Concha, como Juana, las grandes entre las grandes, muy especialmente las diosas romanas de la Bética, y más si son paisanas de Escipión, no tiene edad ni tacos de almanaque que lo puedan reflejar, ¿cómo íbamos a sacar una paleta para ir aquella mañana de jacarandas y buganvillas, de magnolios y amapolas a tu debú en el teatro de la muerte».

Antonio Burgos coloca a Rocío entre las más grandes voces e intérpretes de la copla y el flamenco, porque, además de ya ser una evidencia, el tiempo pondrá a Rocío Jurado -«La Voz»- en lo más alto del ránking. «Que no daría yo, niña Rocío de luna blanca, caricia y poderío de tu voz. Tu voz que queda. El no sé qué que queda balbuciendo, a compás de bulería. Pues me ha dicho la luna que si amanece y ves que estás dormida, tu Yemayá de moscatel, tu virgen de Regla, hará el milagro de que sigamos oliendo la misma flor de tu voz muchas, muchas primaveras».

El articulista tampoco escatima elogios al poderío artístico de la chipionera, para la que no había género musical que se le resistiera: «Porque no te dio por la ópera, niña, que, si no, hubieras mandado a María Callas y a Monserrat Caballé, a las dos juntitas, ea, a los albañiles. Porque te dio por el flamenco que corría por las venas de tu padre Fernando, porque te dio por la dulzura de las coplas que tu madre Rosario te cantaba como ahora nos las dices tú al oído a todos nosotros, desde el dulce sueño de la inmortalidad del arte, a la memoria de este pueblo que te pondrá, y si no, al tiempo, muy por encima de todo. Tú sí que serás La Voz».

Pastora Imperio

Rocío era capaz de atreverse con cualquier cante desde bien jovencita, una capacidad que estaba precedida por su facilidad para el flamenco, sin lugar a dudas uno de los géneros preferidos. Lo llevaba en los genes, en la sangre, en el corazón… era parte de su ser. La chipionera se formó en la universidad de los tablaos, los más importantes de Sevilla, como el de Adelita Domingo, en donde se forjó como artista y como persona. Y enseguida Sevilla se le quedó pequeña: «El cante y el billete a Madrid la sacaron de trabajar de temporera en el campo de Chipiona, de llevar con sus manos el dinero a casa, donde tanta falta hacía desde que se murió su padre (…). El primer éxito de Rocío fue seguir su vocación. Lo del Evangelio, aplicado a su amor por el cante: “Deja cuanto tienes y sígueme”».

Y pronto conoció a una de las más grandes, Pastora Imperio, que quedó sorprendida del arte de la chipionera: «Todos quedaron maravillados con la actuación de la Jurado y Pastora decidió ponerla inmediatamente como atracción del tablao (El Duende)».

Caracol

Como le sucedió antes con Chipiona, El Duende se Sevilla se le quedó chico a la estrella, que «pronto pasó a otro tablao, de más éxito, donde había más dinero, más comercial, que Manolo Caracol acababa de abrir en la calle Barbieri: Los Canasteros». Ella era una belleza andaluza, delgada, y con la inocencia habitual de su edad.

«Rocío iba aprendiendo, junto a los cantes, estos sabores de la vida, los peligros de la carne, de espantar moscones. Y a ser menos cándida. Muchas veces, desde el tablao, salía bolos particulares. Salidas del cuadro, con dos cantaores y un guitarrista, para actuar en una fiestecita privada, en alguna buena casa de Madrid, en alguna embajada de un país hispanoamericano. A Rocío siempre la llevaban. Era tan finita, tan guapa, que las señoras de la casa siempre la acogían con ternura… Eran una forma de alternar en sociedad. Rocío escuchaba las bromas, los cuchicheos, las maledicencias de aquellas señoras. Los chistes. Tan poca maldad tenía, tan inocente era, tan poco picardeada estaba, que oía un chiste verderón y no sabía quizá el sentido que tenía».

Rocío es cojonuda en el Teatro Pemán

Convertida ya en una estrella, triunfante en los escenarios de más de medio mundo, Jurado era más ella que nunca cuando actuaba en Sevilla o en Cádiz, sobre todo en el Teatro Pemán, donde no pudo acudir a su última cita en 2004 porque un dolor profundo y premonitor le impidió estar con su gente de la Tacita de Plata. Rocío intuyó que aquello no era nada bueno y enseguida se puso en manos de los médicos para atajar la enfermedad. «No sabíamos aquel día de 2004 que ya no íbamos a volver a ver a Rocío cantando en los veranos de jazmines de su Teatro Pemán de Cádiz. Que aquel libro que desde el hospital me volvía a recordar que teníamos que hacer juntos iba a tener que convertirse en esta historia sentimental, en este largo recuerdo de sus genialidades. De su forma de hablar. De su gracia. Gracia de nuestro Cádiz…».

En aquel escenario, Jurado se transformaba. Ante miles de seguidores, muchos llegados de Chipiona en autocares, la gaditana mostraba su cara más humana: «Esa era la verdadera, la auténtica, la intransferible Rocío humana, cercana, alejada del divismo. Y por eso la querían tanto en Cádiz. Cada vez que actuaba en el Teatro Pemán, todos los veranos, sin faltar uno, de Chipiona venían autobuses y más autobuses, con todas sus paisanas. Las partidarias de Rocío ocupaban siempre las primeras filas del auditorio, y casi ni la dejaban cantar, jaleándola y aplaudiéndola. Pues iba a empezar una canción, la orquesta dirigida por el maestro Gas atacaba la falseta de introducción, y las partidarias se ponían a gritar, como si estuvieran en un campo de fútbol, en el Estadio Carranza mismo: -¡Rocío, Rocío, Rocío es cojonuda, como Rocío, no hay ninguna! La reacción de la artista era instantánea. Tras parar la orquesta pedía a sus fans que no la sacaran más los colores con esos vítores, sentía vergüenza, después de tantos años de éxitos. De verdad que “era cojonuda”».

Enciclopedia de la copla

Jurado era, además de una magnífica cantante e intérprete, una verdadera enciclopedia de la copla. Dice Antonio Burgos en Rocío, ay, mi Rocío que se lo sabía todo «de aquí a Filipinas». Con sólo dos palabras de una canción, era capaz de recordar estrofas y estribillo y cantarse el tema completo. Un tesoro de sabiduría musical, que a muchos sorprendería.

«Si en algo siento ahora no haber podido escribir este libro a base de lo que Rocío me fuera contando de sus recuerdos, es por lo que no pudo ser (y además es imposible) de haber recogido todo su saber enciclopédico sobre el género y su artista. Se sabía de memoria, sin pestañear, no sólo la letra de las canciones, sus intérpretes y sus autores, sino a qué espectáculo pertenecían, quién la había estrenado y a lo mejor hasta en qué teatro de qué ciudad».

Ortega Cano

Burgos explica que conoció a la Rocío soltera, a la Rocío casada con Pedro Carrasco, a la separada y a la enamorada y esposa de Ortega Cano. Testigo de los sabores y sinsabores del corazón de la chipionera, el autor dedica uno de los capítulos de su libro a la historia de amor entre la artista y el torero, un romance entre las dos artes tantas veces repetido en la Historia. «Se enteró pronto España entera de aquel amor a voces. A Rocío se le veía ilusionada», dice el escritor porque el amor de ambos era público y notorio desde el principio. Rocío estaba enamorada hasta las trancas del torero, que un año después sigue lamiendo las heridas profundas que deja el haber amado a una mujer tan grande artista como compañera en el viaje de la vida.

Lucha, lucha, lucha

Además de su categoría profesional y humana, Rocío será recordada siempre por la entereza que mostró a lo largo de toda su enfermedad. Una lucha constante que arrancó el verano de 2004, continúo en las distintas intervenciones quirúrgicas a las que fue sometida en España y en Houston y en los dolorosos tratamientos. «Desde aquella rueda de prensa en el jardín de su casa de La Moraleja, cuando cogió por los cuernos al negro toro del cáncer y lo llamó por su nombre, por su hierro, por su número, por su pelo y por sus señales, Rocío Jurado fue un ejemplo admirable, un espejo de coraje, una brújula de confianza para miles de enfermos oncológicos de ambos lados de la atlántica mar de su Chipiona.»

Tal y como relata uno de sus temas más conocidos -Lucha, lucha, lucha-, la gaditana no dejó que la enfermedad se apoderara anímicamente de ella. Siempre echó el resto como confesó a todos sus amigos y ante millones de espectadores en la última entrevista concedida a un medio de comunicación, en el programa de entrevistas de Jesús Quintero.

Se iría de este mundo, pero por lo menos habría hecho todo lo posible por vencer el mal: «Lucha, lucha, lucha, el lema del estribillo famoso de su canción triunfal, con la que dio la vuelta al mundo en sus últimos recitales, fue como un himno guerrero para la batalla del ánimo contra la desesperación y el dolor de muchas gentes. A la clínica de Houston le llegaban a Rocío los ecos de esas voces de resistencia frente a la adversidad, de personas que estaban en semejantes circunstancias y no se atrevían ni a someterse a la necesaria intervención quirúrgica ni a la lucha contra la enfermedad para algunos innombrable, pero que, al ver su coraje, su determinación, su firmeza, habían decidido seguir su ejemplo y atajar el mal en corto y por derecho».

«Por las largas avenidas donde una niña juntaba los doblones de oro que el sol le daba, se oía ese silencio sonoro. El de su gente. Había toreros, cantantes, flamencos, políticos, pintores. Estaban los que le cosieron telas y los que le cosieron versos y compases. Y estaba su gente. Y estaba su mar. Ya la traen, paso racheado de la cuadrilla de Regla, bajo el palio de un azul de marismas rocieras del cielo. Y desde aquí, desde los cipreses del cementerio de San José, oigo el silencio sonoro que proclamó el obispo con la Palabra de la que Rocío dio testimonio, cantándola y viviéndola. Hasta se ha parado el viento.»

Con estas palabras culmina Antonio Burgos este Rocío, ay, mi Rocío, que se complementa con una selección antológica de las canciones que marcaron la carrera artística de la Jurado, casi cien letras escritas para ella por grandes autores, así como los clásicos del flamenco y la copla que ella recreó con su personal estilo y su poderosa voz.

EL AUTOR

Con este libro, Antonio Burgos culmina su trilogía sobre personajes míticos de las artes populares andaluzas, en la que ya publicó la biografía de un torero, Curro Romero, la esencia, la de un cantaor, Juanito Valderrama: mi España querida, y ahora la de la gran intérprete de la canción, Rocío, ay, mi Rocío.

Es sevillano, Hijo Adoptivo de Cádiz, numerario de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Se inició literariamente como poeta con el libro Palabra en el vacío, publicado en la colección Alcaraván con prólogo de Rafael Montesinos. Es uno de los primeros articulistas españoles, por su estilo propio y su indiscutible maestría, avalada por premios como el Mariano de Cavia, el Pemán o el Romero Murube. Es también una de las voces más distinguidas en la defensa literaria de Andalucía, cuya cultura, tradición y significado histórico han presidido su extensa obra, que ha sido reconocida, entre otros, con los premios Demófilo, Agustín Merello y Almenara. Autor de canciones ya clásicas, como la letra de las «Habaneras de Cádiz», fue el primero que valoró en vida de Rafael de León la importancia literaria de sus canciones y de sus libros de poemas; escribió su biografía y reunió su obra en una antología-homenaje que el Ayuntamiento de Sevilla editó en 1980, dedicándole, también, una glorieta en el Parque de María Luisa.

Publica sus artículos en el diario ABC, donde ha popularizado su sección «El recuadro», en la que ha ido construyendo durante más de treinta años toda una teoría literaria de Sevilla, recogida ahora en este libro con sus textos más significativos. Durante una larga etapa fue articulista en El Mundo. Entre sus libros destacan: Andalucía, ¿Tercer Mundo?, El contrabandista de pájaros (premio Ciudad de Marbella de novela), Las cabañuelas de agosto (premio Ateneo de Sevilla de novela), Mirando al mar soñé, Curro Romero: la esencia y, publicados con gran éxito por La Esfera, Jazmines en el ojal, Juanito Valderrama: mi España querida, Artículos de lujo: Sevilla en cien recuadros, Gatos sin Fronteras, Alegatos de los gatos, Memorias de la vieja dama: mis mejores artículos sobre Sevilla y la antología de poesía popular Rapsodia española.

www.antonioburgos.com

FICHA TÉCNICA
Título: Rocío, ay, mi Rocío
Subtítulo: Una historia sentimental
Autor: Antonio Burgos
Incluye: Su cancionero general

Fuera de colección
Páginas: 400
Precio: 21 euros
Fecha de publicación: 8 de mayo de 2007

©SevillaPress.com



Antonio Burgos presenta su nuevo libro biografia de Rocio Jurado

(Por Gente) 07/05/2007

«Rocío Ay, Mi Rocío»Pocos días antes de morir, Rocío Jurado le dijo a su amigo Antonio Burgos, cuando la visitaba por última vez en su casa de La Moraleja: «Ahora ya, en cuanto me ponga una mijita mejor, te vas a venir una semanita con Isabel, tu mujer, a Yerbabuena, y allí verás tú cómo te cuento todo lo que quiero decirte para ese libro que tenemos que hacer y que yo no quiero que escriba nadie que no seas tú. Verás tú qué libro más bonito nos va a salir…».

La muerte impidió aquel relato en primera persona, al modo como el escritor reconstruyó en otros libros la vida de Curro Romero o de Juanito Valderrama. Por eso esta «historia sentimental» es el pago de esa deuda de amistad y gratitud del autor con la cantante: el libro que Rocío Jurado quería que le escribiera Antonio Burgos. Sus páginas reconstruyen los recuerdos de cuanto a lo largo de los años, en la cercanía de la amistad, le fue contando la artista sobre su vida y cuanto junto a ella pudo observar sobre su modo de ver el mundo y de entender el arte. Más que una biografía al uso o un estudio sobre su inmenso y diverso repertorio artístico, este relato novelado es un tributo de homenaje, en el que la personalidad y la calidad humana de la artista, por encima del mito de la estrella, quedan cercana y entrañablemente reflejadas en sus anécdotas, en los rasgos de su personalidad arrolladora, en su entorno familiar, en sus recuerdos de niña de Chipiona o en su inconfundible gracia y su fuerza a la hora de contar historias y de evocar todo un tiempo de España.

El libro se complementa con una selección antológica de las canciones que marcaron la carrera artística de la Chipionera: casi cien letras escritas para ella por autores como Rafael de León, Manuel Alejandro, José Luis Perales o Juan Pardo, entre otros muchos, así como los clásicos del cante flamenco y de la copla que Rocío Jurado recreó con su personal estilo y con el poderío de su voz.

EL AUTOR

Con este libro, Antonio Burgos culmina su trilogía sobre personajes míticos de las artes populares andaluzas, en la que ya publicó la biografía de un torero, Curro Romero, la esencia, la de un cantaor, Juanito Valderrama: mi España querida, y ahora la de la gran intérprete de la canción, Rocío, ay, mi Rocío.

Es sevillano, Hijo Adoptivo de Cádiz, numerario de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Se inició literariamente como poeta con el libro Palabra en el vacío, publicado en la colección Alcaraván con prólogo de Rafael Montesinos. Es uno de los primeros articulistas españoles, por su estilo propio y su indiscutible maestría, avalada por premios como el Mariano de Cavia, el Pemán o el Romero Murube. Es también una de las voces más distinguidas en la defensa literaria de Andalucía, cuya cultura, tradición y significado histórico han presidido su extensa obra, que ha sido reconocida, entre otros, con los premios Demófilo, Agustín Merello y Almenara. Autor de canciones ya clásicas, como la letra de las «Habaneras de Cádiz», fue el primero que valoró en vida de Rafael de León la importancia literaria de sus canciones y de sus libros de poemas; escribió su biografía y reunió su obra en una antología-homenaje que el Ayuntamiento de Sevilla editó en 1980, dedicándole, también, una glorieta en el Parque de María Luisa.

Publica sus artículos en el diario ABC, donde ha popularizado su sección «El recuadro», en la que ha ido construyendo durante más de treinta años toda una teoría literaria de Sevilla, recogida ahora en este libro con sus textos más significativos. Durante una larga etapa fue articulista en El Mundo. Entre sus libros destacan: Andalucía, ¿Tercer Mundo?, El contrabandista de pájaros (premio Ciudad de Marbella de novela), Las cabañuelas de agosto (premio Ateneo de Sevilla de novela), Mirando al mar soñé, Curro Romero: la esencia y, publicados con gran éxito por La Esfera, Jazmines en el ojal, Juanito Valderrama: mi España querida, Artículos de lujo: Sevilla en cien recuadros, Gatos sin Fronteras, Alegatos de los gatos, Memorias de la vieja dama: mis mejores artículos sobre Sevilla y la antología de poesía popular Rapsodia española.

FICHA TÉCNICA
Título:
Rocío, ay, mi Rocío
Subtítulo: Una historia sentimental
Autor: Antonio Burgos
Incluye: Su cancionero general

Fuera de colección
Páginas: 400
Precio: 21 euros
Fecha de publicación: 8 de mayo de 2007



«Rocío, ay, mi Rocío»

(Por ElMundo.es) 07/05/2007

Radiante, el día de su boda con Ortega Cano, el 19 de febrero de 1.995.PREPUBLICACIÓN| LA BIOGRAFÍA DEFINITIVA
Admirador, amigo, casi hermano, el escritor Antonio Burgos salda una deuda con Rocío Jurado con su última obra. Hace años que ambos acordaron una biografía –«ese libro que tenemos que hacer», le decía ella– de la que Magazine prepublica algunos extractos. Una obra repleta de testimonios inéditos que incluye las letras de sus principales canciones.


Aquella tarde cuya luz evoco ahora con tanta tristeza, a pesar de la sombría cercanía de la muerte, la sonrisa del «a ti no te digo ná» no podía quedar fuera de nuestras claves, siempre con Cádiz y con Andalucía al fondo del horizonte de las esperanzas y de las penas negras.

Rocío me miraba, me cogía las manos, me contaba el «esto es lo más grande» de una anécdota de Pastora Imperio, o de Gitanillo de Triana, o de Rafael de León, o de Manolo Caracol, que hasta entonces nunca antes me había relatado. Sabía y no lo quería saber, como yo lo comprendía y no me daba la gana de comprenderlo, que con aquella luz de mayo estábamos asistiendo a una larga despedida sin adioses y sin pañuelos blancos en el embarcadero del vapor de la pena donde la aguardaba, ay, la que ahora tampoco me da la gana de aceptar: la muerte.

Suspiraba quizá, y era como si dijese:

A ti no te digo ná,
a ti no te digo ná,
a ti no te digo ná...

Y después, como queriendo olvidarse del dolor, mientras le traían una bandejita con un vasito, nada, un dedalito, de una leche de almendra especial que sí podía tomar sin que le provocase arcadas, hacía por reírse. Y después le traía su hermana Gloria un mango ya pelado y partidito con todo cariño, que Rocío se tomó sin ganas, nada, dos trocitos. Y luego le pidió a Gloria que trajera dos tenedores más, y nos lo fue dando a Isabel mi mujer y a mí, como quien reparte una comunión laica, unidos por tantos sentimientos, por tantos recuerdos.

Y Rocío, transida de dolor, hacía esfuerzos, sin quejarse, sin quejarse nunca, qué entereza hasta el final, para hacer como que escuchaba aquello que le estaba contando, que subrayaba con su exclamación chipionera, tan auténtica, de siempre:

–¡Cuidaaaaaaaaao! ¡Cuidao con el hombre!

Fueron pasando así aquellas horas últimas de La Moraleja que me parecieron, de breves, un suspiro. A veces la vida entera cabe en una copla.

O en un suspiro.
O en un silencio.
O en unos recuerdos.
O en un deseo.

El viejo deseo de Rocío de que yo le escribiera este libro. Me habló de este libro durante años y años. Unas veces por esto y otras por aquello, nunca lo empezamos. Hasta después de dar a conocer en la rueda de prensa de la valentía, con aquella entereza, que tenía un cáncer, horas antes de entrar por vez primera en el quirófano, de aquel momento de la verdad, Rocío Jurado tuvo la deferencia de llamarme por teléfono para felicitarme por mi regreso como articulista a ABC. Nunca la oí más llena de vida. Ni con más ganas de que este libro se escribiera:

–Que en cuanto salga de la clínica tenemos que hacer mi libro...

Claro que lo vamos a hacer, Rocío, que lo estamos ya haciendo, el libro que tu arte y tu condición se merecen. Vamos a hacer ese libro, Rocío Jurado, que no es tu biografía, que no es la reseña de tus dieciséis millones de discos vendidos, que eres tú misma, porque tú a la vida siempre le pusiste ese amor y ese arte que trasminan a yerbabuena.

Empiezo ahora ese libro, Rocío.

En el recuerdo de aquella última tarde de La Moraleja. En tu casa de Paseo Conde de los Gaitanes, número 135, donde tan matrona romana con tu túnica, tan atravesada por las agujitas del dolor que con tanto poderío despreciabas para que no se te clavaran más hondo, me hablaste de nuestro libro.

Fue ya cuando nos íbamos a despedir. Aunque el dolor se le subía, como una copla, a las sienes de martirio, y se la veía cansada, rota, acercándose al final, afilado el perfil de denario de plata de Escipión, por egoísmo nunca me hubiera querido despedir aquella tarde de Rocío. Porque sabía que era ya lo que no queríamos de ninguna manera que fuese.

Porque yo también me creía, pero, vamos, como el Unum Deum, firmemente, lo que Rocío me iba diciendo, al cogerme las manos de la despedida, antes de darme uno, y dos, y otro más, y otro, de aquellos sus sonoros besos catetos, besos auténticos como pan de pueblo, de los que retumbaban, los diera en persona o te los pegara al otro lado del teléfono, que atronaban la línea a través del auricular.

Rocío entonces se puso a decirme, con la cara llena de serenidad y de calma, como soñando un horizonte de olivar y viña, de mar y toros, de jara y mojarritas de nuestra tierra:

–Mira, ahora ya en cuanto me ponga una mijita mejor le tengo dicho a José que cuando lleguemos a Yerbabuena te vas a venir allí una semanita con Isabel, tranquilitos, los cuatro, y así, sin darnos cuenta, verás tú cómo te cuento todo lo que quiero decirte para ese libro que tenemos que hacer y que yo no quiero que haga nadie que no seas tú, con la de moscones que tengo... Verás tú qué libro más bonito nos va a salir, Antonio...

Nos está saliendo, Rocío.

Que yo a ti no te digo ná, a ti no te digo ná, a ti no te digo ná.

Te digo simplemente, Rocío, ay, mi Rocío, que este libro es el pago de aquella deuda. No la de escribir el libro. La otra. La deuda de la amistad que me diste, de la vida que me contaste, de la alegría de tus recuerdos que me contagiaste, de la cercanía de tu gracia, donde me permitiste estar tantos días, tantas horas, a lo largo de tantos años, con tanta gente común querida.

Como verás, Rocío, para no dejarte por embustera, me he ido una semanita a la Yerbabuena de la memoria y con el silencio del latido de la mar de Chipiona al fondo, en la marea vacía de la vida, sobre un horizonte de jara y flamboyanes florecidos me has ido contando todo lo que siempre quisiste que pusiera este libro que teníamos que haber hecho desde tiempos de Rege Carolo, inmenso como el globo terráqueo de tu vida. Como todos los estilos que hacías, perfectos, qué larga, qué honda. Las canciones de Manuel Alejandro, las baladas universales, las coplas de los grandes, tus temas de siempre, clavel y ola, todo el cante de los puertos, todos los cantes de Huelva, todos los sones festeros de Jerez. Todo el cante. Y Falla. Y media América y parte de la otra media, de Agustín Lara a José Alfredo Jiménez, la América del Sur y la de México limita al norte con Barbra Streisand y con la Fitzgerald. Todo cuanto tocaran las alas al viento de tu voz te salía perfecto.

Ahora que ya se han callado todos los pájaros en las brujas horas del anochecer, mira, Rocío, cómo viene ya el día de la gloria, alumbrando en sus claras tu mito, tu leyenda, los olivares de plata de tu memoria.

Yo no lo puedo olvidar,
me acuerdo de aquella copla
que un día le oí cantar,
Rocío, ay, mi Rocío. (…)

«Rocío, ay, mi Rocío. Una historia sentimental» (La Esfera de los Libros), de Antonio Burgos, sale a la venta el próximo martes 8 de mayo. Precio, 21 euros.

SI AMANECE.

(M. Alejandro y Ana Magdalena)
Si amanece y ves / que estoy dormida / cállate, cállate, cállate, / déjame soñar con tus caricias / y cállate, cállate, cállate. / Si amanece y ves / que estoy desnuda / cúbreme, cúbreme, cúbreme, / cierra la ventana / si no hay luna / y cúbreme, cúbreme, cúbreme. / Si amanece y ves / que estoy despierta / porque de tu amor / aún no estoy llena, / ámame otra vez, / ámame otra / con las mismas fuerzas / que la primera vez. / Si amanece y ves / que estoy despierta / porque de tu amor / aún no estoy llena, / ámame otra vez, / ámame otra vez / con las mismas fuerzas / que la primera vez.

La Yerbabuena cómo trasmina…

La yerbabuena siempre fue mágica para Rocío y para José. Como una planta de la santería yoruba, la yerbabuena les dio siempre suerte, buen bají. Sus partidarios le tiraban ramitos de yerbabuena al ruedo a José en sus tardes triunfales.

Olía Rocío una mata de yerbabuena y en su fragancia quizá recordara el familiar olor de la madre en la cocina haciendo un caldo de puchero, las macetas de la casa de Chipiona, con la yerbaluisa, con el jazmín, con los nardos de la novena y de la procesión de la Virgen de Regla. Cuando Rocío estaba a punto de grabar en disco la versión del Va por usted, una noche, cenando en el restaurante El Faro de Cádiz, le sugerí que cambiara el comienzo de sus versos, que quitara a Cartagena y que pusiera en su lugar la yerbabuena en que florecía el amor del torero y la cantaora:

Ortega Cano en la arena,
la yerbabuena
cómo trasmina...

Pero mantuvo la letra original y la grabó con el final de verso del viva a Cartagena, como homenaje a la tierra de donde partió un día José con su familia, para hacerse hombre y hacerse torero, lo mismo que Rocío se había ido a Madrid para hacerse mujer y hacerse artista.

La yerbabuena fue la obsesión misteriosa y maravillosa, el conjuro de la buena suerte. Y la finca que se compraron. Que le compraron a José Antonio Ruiz, Espartaco. José y Rocío se pasaron una buena temporada facheando fincas por toda Andalucía la Baja, llevados y traídos por corredores que las tenían en venta o por tiesos que se querían deshacer de ellas.

Cuando se enteraban de que la Jurado y Ortega Cano estaban buscando una finca que comprar, todo el mundo los llamaba. Pero donde les gustaba el caserío no les gustaba la tierra de labor, y donde les gustaban los pastos de la dehesa les disgustaba el cortijo. Hasta que encontraron la finca de Espartaco, en la carretera de Almadén de la Plata y en el término de Castilblanco de los Arroyos [Sevilla]. A la que cambiaron inmediatamente el nombre que tenía, Matute, y le pusieron Dehesa Yerbabuena. José y Rocío soñaban con ser ganaderos. Con vivir en el campo.

Fueron arreglando Yerbabuena con la ilusión con que unos novios veinteañeros ponen su piso de casados. Arreglaron y agrandaron el caserío, hicieron naves para tractores, acomodaron la finca para que pastase el ganado bravo que en 1995 compraron a la Casa Guardiola, todo lo de la antigua ganadería de García de Pedrajas, los “pedrajas”, que les vendieron los herederos de don Salvador Guardiola Fantoni y doña María Luisa Domínguez y Pérez de Vargas a la muerte de su madre. José estaba entusiasmado en su finca, donde él y Rocío llevaron buena parte de sus recuerdos, sus cuadros más queridos, las estatuillas de sus premios, sus trofeos, sus fotografías, con las que decoraron el Salón de los Toreros, una amplia dependencia con la que ampliaron el caserío inicial.

Era divertidísimo ver a Rocío, tan de mar y de litoral, interpretada de campo y de sierra, convertida en ganadera, con su gorra campera, con sus pantalones, sus botos de Valverde, el pelo recogido en una cola. Recibiendo a los toros y eralas de Pedrajas, a las vacas de Jandilla. Rocío comentaba con toda su gracia el desembarque de aquellos toros:

–Mira, yo creía que las vacas de Pedrajas iban a ser unas vacas sexis, tú sabes, una vacas guapetonas, con los ojos verdes, que hasta me iban a pedir rímel para las pestañas. Pero, mira, empezaron a salir del camión aquellas vacas... Y la una tenía un cuerno para arriba y otro para abajo, y la otra estaba fea de gorda, y la otra toda escuchimizada, vamos, que estaba la pobre pidiendo un buen plato de potaje de delgada que estaba, que se le veían los huesos de los costillares. Ay, Dios mío, ¿y qué hacemos nosotros ahora con estas vacas? ¿Pero cómo se van a acercar mis toros a estas vacas, si son las vacas menos sexis del mundo?

(…) Allí celebraron su boda, el 19 de febrero de 1995, en la ermita de Yerbabuena, un día redondo de dicha. Aquél sí fue el día de la bulería, con Rocío vestida de guapísima piconera nupcial con blanca madroñera goyesca. Con José de corto, con el uniforme de gala de los toreros. Llegaron en coche de caballos, repicaba la campana de la Ermita de las Vírgenes y la alegría de todos sus amigos. Trasminaba alegría, amor y gozo la Yerbabuena.



Entrevista para el Foro Cívico de Chipiona de Antonio Burgos sobre la próxima publicación de su libro 'Rocío, ay, mi Rocío'

(Por Foro Cívico de Chipiona) 19/3/2007

¿Por qué "Rocío, ay, mi Rocío"?Antonio Burgos

Porque es como pagar una deuda que le debía a nuestra Rocío. Desde hace muchos, muchísimos años, Rocío venía diciéndome que tenía que hacer un libro con su vida y con sus recuerdos, al modo de los que le dediqué a Curro Romero o a Juanito Valderrama, Cada vez que nos veíamos y me contaba anécdotas o pasajes de su vida,porque me encantaba tirarle de la lengua para esas evocaciones, volvía a expresarme ese deseo de que teníamos que hacer el libro. La última vez que la vi, en el mes de mayo de hace un año, cuando la visité en su casa de La Moraleja en lo que fue nuestro adiós, al despedirnos, me dijo: "A ver si me pongo ya buenecita, me voy a Yerbabuena, te vienes allí unos días con Isabel tu mujer y hacemos por fin el libro"... Este libro es pagarle a Rocío esa deuda de agradecimiento por la amistad y el cariño con la que me honró durante su vida.

¿Qué enfoque ha dado a "Rocío, ay, mi Rocío"?

Como un homenaje a Rocío y como la presentación ante los lectores de la Rocío humana, de la Rocío intima, de la Rocío que nunca dejó de ser chipionera, la de la gracia gaditana, la de los golpes, la que nunca era diva con los suyos ni entre los suyos, la que siempre fue de los nuestros. Es como si Rocío me hubiera dictado sus memorias en el magnetofono de los recuerdos, de todo lo que me fue contando de su vida y ahora he puesto en pie...

¿Cree que el folclore español dará otra artista tan completa como Rocío?

Diré como García Lorca en su elegía a Ignacio Sánchez Mejías: "Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace"

¿Se ha encontrado con muchas sorpresas durante la escritura del libro?

Con la sorpresa de que cuando la teníamos viva y entre nosotros no nos dábamos cuenta de lo grande que era Rocío, del arte que tenía Rocío hasta... para comer nécoras. Mi libro no es una biografía al uso, sino unas estampas personales y sentimentales de Rocío, de esa Rocío nuestra que tuve la fortuna de conocer, no de la diva ni de la artista..

¿Está suficientemente reconocida la dimensión artística de Rocío?

Como siempre pasa en España: ahora... A buenas horas, mangas verdes, que diría ella con su gracia.

¿Cuándo y cómo será la presentación del libro?

Aparecerá a comienzos de mayo, editado, como todas mis obras, por La Esfera de los libros. Aparte de este texto principal de homenaje a Rocío con los recuerdos de su vida, llevará su cronología, su discografía, su filmografía y un apéndice de unas 150 páginas con su "Cancionero" fundamental: la letra de todas las coplas y baladas que hizo grandes y famosas. Y pretendo que la presentación, a escala nacional, no sea en Madrid, ni en Sevilla, sino en Chipiona. Y la editorial quiere traer a la prensa y a la TV de toda España a Chipiona para que hablen del libro sobre Rocío desde su propia tierra. Como ella cantaría con sus fandangos: Nunca está mejor el árbol/que en tierra donde se cría.

¿Apoyaría una petición para que el Himno de Andalucía cantado por Rocío fuese el Himno oficial de la Comunidad Autónoma Andaluza?

Ya lo he pedido por escrito en mis artículos de ABC y le he sugerido a algunos amigos parlamentarios andaluces que lo soliciten oficial y formalmente. De esa versión del Himno y del andalucismo de Rocío también recuerdo historias y anécdotas en el libro.

Rememore su mejor recuerdo personal con Rocío.

Pues las casi 400 páginas que va a tener la larga evocación del libro... Esos son todos los mejores recuerdos. Con Rocío no hay malos recuerdos posibles.

¿En qué era Rocío la más grande?

Lo diré en dos palabras, y con su acento: En Tó.

¿Rocío nos ha dejado realmente?

A los que la queríamos, no. Yo la siento muy cerquita, con todos nosotros. Es como si la hubiera tenido al lado, dictándome el libro. Hasta la veo en cada ola que rompe en la playa de Chipiona y en cada clavel que estalla en la primavera...



(Por ABC.es) Antonio Burgos

Antonio Burgos El escenario, que ella estrenaba, llegaba calculo yo desde la estación de Brenes al cruce de Las Cabezas. Y eso, sin exagerar. No he visto un escenario más grande en todos los días de mi vida. Hablo del auditorio de La Cartuja, que fue como el bando sonoro de la Expo en la Sevilla que acababa de derribar la tapia de la calle Torneo.

Y siendo el escenario tan grande como era, y teniendo el auditorio aquella colina que la llamaban así porque quienes la construyeron tomarían por loco al que le pusiera el «no hay billetes», fue que llegó Rocío y lo llenó todo con su voz. La más grande era mayor aún que el escenario del auditorio. Midió su inmensidad con la vara de platino de la verdad de su voz.

Rocío, aquella noche en que inauguró el auditorio de La Cartuja, traía por dentro las duquelas negras, un catálogo de penas y quebrantos. Pero, hijo, fue salir al escenario inmenso y acabó con el cuadro. Hasta con el propio cuadro de sus penas. Estuvo estrictamente perfecta. Fue de La Niña de los Peines a Mahalia Jackson pasando por Chipiona, ay, qué no daría yo por empezar de nuevo, Rocío, a oírte a la vera del agua del río. Estuve allí. Le escribí una cosita al día siguiente, donde contaba esto, el arte que tenía, su oficio, qué tablas: más tablas que un aserradero de los bosques de Noruega. Y como andaba chunga de duquelas, aquel artículo sobre su éxito cartujano, sobre cómo había pintado palanganas color de coplas, le levantó el ánimo y le llegó al alma. Me llamó y me dijo:

-Mira, a mí esto que me has escrito, como me ha venido en un momento tan malo de mi vida, no se me va a olvidar nunca. Y ya verás cómo te lo voy a ir demostrando...

Lo cumplió. Por ésta. En la inauguración del auditorio a mí me toco la lotería de la amistad de Rocío Jurado. Vinieron luego canciones que hicimos juntos, viajes a Los Ángeles para grabarlas, risas, Cádiz, Sevilla, Madrid, visitas a mi alfayate cuando enfermó, recuerdos de la común cosecha de años infantiles, la radio de cretona en nuestra memoria, más risas, con los anuncios de Corsetería La Modelo, de Casa Rubio, de Venta Maribal en Rota, de Norit el Borreguito. Mucho Norit el Borreguito, que Rocío la pobre me siguió cantando por teléfono hasta sus días finales. Llamaba a José para preguntar por ella, me respondía con un dolor, y me pedía luego:

-Te la voy a pasar, qué tu la pones a cantar lo de Norit el Borreguito y le levantas el ánimo mejor que una medicina...

Menos el anuncio de Norit el Borreguito, y porque no se lo propuso, Rocío lo cantó todo en el auditorio de La Cartuja. Noches de gloria de la Mohedano en «Azabache», tan guapa, con el pelo planchado, con un clavel rojo sangrando en la boca. Días de recitales inolvidables. Aquella noche de pañuelos blancos en que estrenó el pasodoble a su novio Ortega Cano: «Va por usted mi pasodoble,/va por usted, torero...» ¿Y la noche de la Saeta de Serrat? ¿Dónde me dejan a la Rocío del auditorio la noche que cantó la Saeta de Serrat? De Sevilla. De su corazón de creyente. Proyectaron una Cruz sobre el escenario y yo no he visto (desde aquel recuerdo del ayayayay macareno a la Esperanza de la coronación) una saeta mejor cantada en mi vida. Rocío no la olvidó nunca. Ya apagándose como una lamparilla, la última tarde que la visité en su casa de La Moraleja recordó aquella saeta. La evocó en la banda de la hermandad de Los Gitanos, tras el Señor de la Salud, entrando en La Campana con las claras del día. Me dijo, llena de Esperanza de terciopelo verde:

-Yo tengo que hablar con la hermandad de Los Gitanos porque esta Madrugada quiero que cuando entre el Cristo en La Campana y la banda esté tocando la Saeta de Serrat, yo se la vaya cantando desde el balcón de tu hermana Pilar.

Hoy, en La Cartuja, donde un día, montados en un trenecito turístico con las hermanas Reina y con sus cabales, la oí bordar lo de «pintor de loza, mi alma, pintor de loza», sonará seguro esa saeta. La cantará Rocío desde el auditorio que, ya con su nombre, es como un balcón que tiene alquilado en el cielo de Sevilla.